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Friday, July 17, 2026Aquí Leocomments (0)

Enrique Gomez Correa y Mandragora

Enrique Gomez Correa y Mandragora
El Grito de la Raíz:
Enrique Gómez Correa y la Revolución de La Mandrágora
 El surrealismo no nació en los cafés de París bajo el ala exclusiva de André Breton; tuvo una réplica sísmica, oscura y profundamente radical en Chile. Corría el 18 de julio de 1938 cuando un grupo de jóvenes poetas decidió sacudir los cimientos de la literatura tradicional en la Casa Central de la Universidad de Chile. Se hacían llamar La Mandrágora, un colectivo que transformó la poesía en un acto de resistencia espiritual, magia negra y automatismo puro.
A la cabeza de esta revolución mental se encontraba Enrique Gómez Correa (1915–1995), un intelectual proveniente de Talca que logró lo imposible: amalgamar el rigor del Derecho con el abismo de la sinrazón.
La Tesis de la Locura
Mientras la mayoría de los estudiantes de leyes optaba por temas comerciales o corporativos, Gómez Correa se tituló de abogado en la Universidad de Chile con una memoria desconcertante: Sociología de la locura (1942). Fiel al espíritu mandragórico, utilizó el marco judicial para explorar el confinamiento mental, argumentando que la sociedad catalogaba como "enfermos" a aquellos que simplemente se negaban a aceptar una realidad gris y domesticada.
Un Frente Contra el Establecimiento
El grupo, compuesto originalmente por Braulio Arenas, Teófilo Cid y Enrique Gómez Correa—a quienes luego se sumarían el artista Jorge Cáceres y el joven Carlos de Rokha—, no buscaba el aplauso. Al contrario, se ganaron enemigos notables. A través de los siete números de su revista homónima, criticaron duramente el peso cultural de figuras como Pablo Neruda y polemizaron con su propio mentor inicial, Vicente Huidobro. Para ellos, la poesía no debía retratar la realidad, sino hacerla desaparecer.
La relación entre Vicente Huidobro y los jóvenes de La Mandrágora —particularmente Enrique Gómez Correa y Braulio Arenas— fue una de las alianzas creativas e intelectuales más fascinantes, intensas y complejas de la vanguardia chilena. No fue el clásico vínculo sumiso de "maestro y alumnos", sino una relación profundamente dialéctica y, a ratos, explosiva.
 A pesar de la enorme admiración mutua, la fricción estética era inevitable. Huidobro defendía el Creacionismo, donde el poeta es un "pequeño Dios" que controla de forma lúcida y matemática la creación del poema. Por el contrario, Gómez Correa y el frente mandragórico abrazaban el surrealismo ciego, el automatismo psíquico y los dictados del inconsciente.
 El propio Enrique Gómez Correa recordaba que las discusiones en balnearios como Cartagena eran feroces. Los jóvenes le reclamaban con vehemencia: "¡Existe el inconsciente, Vicente! Existen otras cosas que a ustedes se les escapan de forma violenta". Huidobro, lejos de ofenderse, disfrutaba el debate argumentativo, marcando una enorme diferencia con otros tótems de la época.
  Si algo unió de manera indisoluble a La Mandrágora con Huidobro (y también con Pablo de Rokha), fue su feroz enemistad hacia Pablo Neruda. El grupo Mandrágora acusaba a Neruda de buscar "aduladores y seguidores" en lugar de pares críticos. Además, respaldaban la postura de Huidobro, quien tildaba públicamente a Neruda de plagiador y de escribir una poesía melodramática y burguesa. 
  Para Gómez Correa, la libertad intelectual que Huidobro les otorgaba era invaluable. Mientras otros poetas consagrados exigían subordinación, Huidobro prefería que le disputaran las ideas cara a cara. Aunque con los años existió un distanciamiento natural debido a que transitaron por rutas estéticas distintas, el respeto mutuo jamás se quebró. 
  Hoy, la herencia de La Mandrágora sigue viva como el experimento vanguardista más radical de América Latina. Nos enseñaron que la poesía no es un adorno técnico, sino una ventana directa hacia los secretos del inconsciente.